Ihwa Mural Village no nació porque los artistas se reunieran espontáneamente durante décadas para pintar. Su nueva imagen se creó en 2006 mediante el Proyecto Naksan, un programa piloto de arte público impulsado por el Ministerio de Cultura y Turismo que instaló murales, esculturas, letreros y servicios comunitarios. Se suele indicar que participaron alrededor de setenta artistas y vecinos. Proyectos posteriores, programas de televisión y fotografías difundieron después el lugar como atractivo turístico.
El arte público salió del museo, pero utilizó las paredes de otras personas
El proyecto pretendía llevar el arte a un barrio con pocos equipamientos culturales y mejorar un entorno deteriorado. Casas, muros, escaleras y callejones de los residentes se convirtieron en soporte de las obras. Junto a la ventaja de que cualquiera pudiera contemplarlas surgieron preguntas: quién decidía las intervenciones, cómo se obtenía el consentimiento de propietarios e inquilinos y quién debía mantenerlas cuando se deterioraban.
Una sola fotografía cambió la economía y los desplazamientos del barrio
Cuando los murales aparecieron en televisión y en las redes sociales, aumentaron los visitantes y abrieron cafés, talleres artesanales y tiendas de recuerdos. Surgieron oportunidades de reutilizar casas viejas o vacías, pero también subieron alquileres y valores inmobiliarios, y los callejones cotidianos pasaron a ser rutas fotográficas. Medir el éxito del arte público solo por el número de visitantes oculta los costes asumidos por los vecinos.
Las obras no son patrimonio permanente, sino relaciones que cambian
Los murales pierden color por el sol y la lluvia y pueden desaparecer por reparaciones del edificio o cambios de propiedad. A veces se pintan nuevas imágenes encima y otras veces los vecinos solicitan su retirada. No prometas que una obra presente en una fotografía antigua seguirá allí. En vez de contar únicamente los dibujos conservados, observa cómo ha cambiado la relación entre arte, residentes, administración y turistas.